Corría 1989 y en el mítico Luna Park ocurrió algo que aún hoy parece un delirio. En medio de una exhibición de básquet, bajo los flashes de la prensa, el presidente Carlos Menem se calzó una musculosa y enfrentó a Jorge González, el formoseño de 2,31 metros que parecía más una leyenda que un jugador de carne y hueso. El mandatario peronista, amante del show y las cámaras, lo desafió con una sonrisa. González, más tímido que intimidante fuera del juego, aceptó con gentileza. El resultado era obvio, pero no importaba. Lo importante era la foto: el hombre más alto del país junto al hombre más poderoso. Un acto de época típicamente menemista.
Menem junto al gigante González en el Luna Park
Menem junto al gigante González en el Luna Park
Ese episodio sucedió el miércoles 30 de agosto de 1989 durante un evento benéfico llamado Básquet de la Solidaridad. El partido, impulsado por la Secretaría de Deportes y la Confederación Argentina de Básquetbol, enfrentó al Combinado Nacional —integrado por figuras como Miguel Cortijo, Eduardo Cadillac, Marcelo Milanesio, Sebastián Uranga y el propio Jorge González— contra un equipo del Combinado Capital.
Menem, recién asumido como presidente, se sumó al equipo nacional luciendo la camiseta número 10. Jugó de base, lanzó varios tiros, convirtió 13 puntos y hasta dio una asistencia para una volcada de Uranga que resultó muy festejada. Pero lo que quedó para siempre fue una imagen cuidadosamente orquestada: la del Presidente arrojando una pelota frente al inmenso Jorge González, que lo miraba desde más de medio metro por encima.
Esa postal recorrió los diarios del país como si se tratara de un duelo, pero en realidad, Menem y González jugaron en el mismo equipo. No se enfrentaron: fueron compañeros. La escena, sin embargo, fue tan cinematográfica —el contraste de cuerpos, la solemnidad del Luna Park reconvertida en show— que la leyenda de un supuesto “desafío” entre ambos terminó imponiéndose en el imaginario colectivo.
Para Jorge, aquel acto fue más que una anécdota. Significó su ingreso simbólico a la vida pública nacional. No solo lo reconocía el máximo dirigente del país: empezaba a ser tratado como figura. Lo invitaron a programas de televisión, a notas de color, a eventos deportivos y sociales. Era el salto del estadio al espectáculo, del anonimato relativo a la celebridad emergente.
Así Jorge González saltó de las secciones deportivas a las de espectáculos. Aún no sabía que en pocos años recorrería el mundo como estrella de la NBA, que sería parte de la parafernalia televisiva de la WWF (luego WWE), ni que terminaría sus días olvidado en Chaco, postrado, enfermo y sin el ruido mediático que lo acompañó durante su breve pero inolvidable paso por la cima.
Un pequeño gigante
Jorge nació el 31 de enero de 1966 en El Colorado, una pequeña localidad formoseña de tierra roja y siestas largas, donde las bicicletas superan en número a los autos y las veredas se llenan de sillas al caer la tarde. Hijo de Felipe, un agente de policía provincial, y de Dorotea, ama de casa, creció en una familia humilde, en un barrio sin pavimento ni revoques, como tantos en el interior profundo.
De niño fue un chico solitario, retraído. Sus compañeros de escuela todavía lo recuerdan como alguien que no hablaba mucho, que no jugaba como los demás y que desde muy temprano se convirtió en el centro de todas las miradas. A los 8 años ya medía más de 1,80. Dormía en una cama improvisada con dos colchones cosidos y su madre debía encargar la ropa a medida. “Lo querían, pero lo miraban raro”, contó alguna vez una vecina. “No era fácil para él ser distinto en el pueblo”.
Gigante González, al ataque: el básquet fue su puerta al deporte… luego vino la lucha libre
Gigante González, al ataque: el básquet fue su puerta al deporte… luego vino la lucha libre
Cursó en la Escuela Provincial N° 61 “Rafael Obligado”, donde los pupitres le quedaban chicos y su cuerpo se doblaba para encajar en un aula que nunca lo contuvo del todo. Recién en la adolescencia, cuando pasó los dos metros, el básquet apareció como una posibilidad. En un principio, como una salida. Luego, como destino.
Fue en 1983 cuando León Najnudel, legendario formador de talentos del básquet argentino, lo descubrió en una gira por el norte del país. No dudó en invitarlo a sumarse a Gimnasia y Esgrima de Comodoro Rivadavia, donde comenzó a entrenarse de forma seria. Por entonces, Jorge medía 2,20 metros y pesaba más de 130 kilos. Tenía potencial, pero también limitaciones: coordinación reducida, movimientos lentos, escasa tolerancia al esfuerzo aeróbico. Najnudel vio algo más: voluntad, nobleza, deseo de aprender…
En el sur encontró contención y rutina. Allí comenzó a transformarse: entrenamientos dobles, ejercicios personalizados y el trabajo con kinesiólogos que intentaban adaptar su cuerpo a un deporte que parecía diseñado para personas más bajas. En 1985 fue transferido a Sport Club Cañadense, donde jugó en la Liga B. En su primer partido dejó una impresión insólita: metió 28 puntos, tomó 18 rebotes y bloqueó cinco tiros. Era imposible marcarlo.
Pese a su dominio físico, González no era un jugador fácil de entrenar. Su cuerpo lo limitaba, pero él insistía. Aprendió a moverse sin la pelota, a usar mejor sus brazos, a desarrollar lectura de juego. En Cañada de Gómez vivió dos años clave. “Siempre fue muy respetuoso y callado —recordaría años después su entrenador, Carlos Prunes—. Le costaba mucho moverse, pero si lo agarrabas bien posicionado, no había forma de frenarlo. Era como un árbol”.
El llamado de la NBA y luego de la lucha libre
En 1986 integró por primera vez la selección argentina, primero en categoría juvenil y luego en la mayor. Jugó el Sudamericano de Medellín en 1987 y los Juegos Panamericanos de Indianápolis, donde enfrentó por primera vez a figuras del básquet internacional. Su imagen, junto a la de David Robinson —estrella del Team USA— recorrió diarios del mundo. La diferencia de altura era grotesca: Jorge lo superaba por casi 20 centímetros.
